La Muerte en la Literatura

2 Escrito por - 21 mayo, 2011 - Literatura, num2, Portada
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La Muerte es la entrada a un reino onírico y es así desde que el hombre se calentaba a la luz de las hogueras en cuevas. Este respetaba a los muertos, preocupado por esa otra vida que creían segura, transitoria y que ayudaban a cruzar con diferentes objetos que aparecen con los esqueletos, para su uso y disfrute en el otro mundo.

Partiendo de esto no nos sorprende que la Literatura universal deba a la muerte sus mejores, intensos y densos capítulos y existe en el mundo una copiosa literatura (ascética o humorística), sobre el tema de la muerte. Desde el Libro de los Muertos de los antiguos egipcios, esta literatura aparece en todo país, en todo tiempo y parece inmune a los cambios culturales o políticos, adaptándose de manera camaleónica a la situación.
Hay a quien el drama de la muerte le aterra, otros la ven como una parte fundamental de la vida, y otros como necesaria, el escribir sobre ella se plantea como un intento de exorcizarla. En la novela El carretero de la muerte de la escritora sueca Selma Lagerlöf (primera mujer premio Nóbel), la muerte tiene una carreta que le sirve como transporte para ir, el último día del año, a visitar a las personas cuyo final está muy cerca. Las conversaciones que sostiene la Muerte con sus próximos pasajeros, son de una belleza reflexiva, profunda e intensa.

Hay escritores que han tenido una relación verdaderamente intensa con la muerte en sus vidas, permitidme mostraos tres de mis favoritos:
Sylvia Plath (1932-1963) pone fin a su vida abriendo la espita del gas cuando contaba 47 años. Tuvo un cuidado infinito en que ese gas que se la llevaba no afectara a sus seres más queridos, tapando con una toalla húmeda la puerta de la habitación donde dormía su hijo.

H. Quiroga (1878-1937) es testigo del suicidio de su padre, su esposa también decidió poner fin a su vida, él mismo manipulando un arma mató al Federico Ferrando, sus hijos Rubén y Haide también se suicidaron y finalmente él también decidió acabar con su vida. Todos sus cuentos tratan sobre tan espeluznante compañera de viaje (Cuentos de Amor, de Locura y de Muerte).
Ernest Hemingway (1899-1961) tuvo un juego especial con la Muerte, en su pasado, en su recuerdo y en su genealogía: abuelo, padre, hija, nieta y él mismo decidieron romper los lazos vitales cuando consideraron oportuno, encontrándose con una muerte que parecía estar esperando paciente a que tomaran la decisión correcta en el momento preciso y justo. Su obra camina hacia la fatalidad, las verdades de la vida llevándola de la mano hasta la Muerte. La muerte monopoliza toda la obra de Hemingway, como enAdiós a las ArmasPor Quién doblan las Campanas. De su obra lo que tiene que quedar muy claro es que parte de la base de que el ser humano es el único, en toda la creación, que es consciente de su propia mortalidad y que ese conocimiento se hace aun más palpable en esos momentos de alegría, quedando un regusto amargo de moneda de cobre en el fondo de la garganta.

En Tener o No Tener hay un momento en que nos enseña cruel el bullicio de unos pececillos que se van saciando con la sangre de un herido mortal que resbala por el flanco de la embarcación. Así la vida fluye hacia la muerte, por medio de una rica amalgama de movimientos inconscientes. Sólo cuando el hombre aparece en esta repugnante aventura, sabe que tiene una cita con la muerte y, cuanto más se lanza a una vida violenta, tanto más es consciente de la muerte.
Las distinciones que hace Hemingway entre los hombres se basan en la valentía que poseen para mirar a la cara a la muerte. Tenía predilección por los viajes, pero si había un lugar donde sus pobladores “se interesaban por la muerte”, era España. Leemos enMuerte en la Tarde“Cuando un hombre se rebela contra la muerte, siente placer al asumir por sí mismo uno de los atributos divinos, el de darla“. Y en Por Quién Doblan las Campanas su protagonista afirma: “hay que matar porque es necesario, pero no hay que creer que sea un derecho. Si se cree esto, todo se corrompe”.

Entre la vida y el más allá no podemos olvidar, por ejemplo, al sepulturero en Hamlet (“¿Es qué este hombre no tiene sentido de su oficio, que cava tumbas cantando?”), obra ésta que si la posicionamos con La Divina Comedia de Dante, nos asombramos al descubrir la irreverencia que se oculta tras las palabras o escenas de ambas obras, críticas con los pensamientos impuestos por la Iglesia cuando afirmaba que había vida después de la muerte. Una de las escenas que contribuye a que podamos hacer esta afirmación es en la cual el padre de Hamlet se le aparece después de muerto, algo que es paradójico si se tiene en cuenta el contexto de la escena.

El modo de entender la muerte varía en la literatura con los cambios de personaje en el Trono de los cielos. El Dios de la Edad Media es una potencia omnipresente que ha prometido reunir a todos los mortales en un juicio final donde no habrá diferencias. Todos los héroes mueren nombrando a Dios y confiando en la salvación, igual que los humildes mueren creyendo en la justicia divina. En las populares danzas de la muerte de la época (el hombre disfrazado de esqueleto que aún pervive hoy día) tiene un tema constante, que la guadaña iguala a los hombres. Da lo mismo Papa que campesino, noble que mendigo…

Los juglares cantaban las muertes valerosas y dignas de los caballeros y, la muerte por el amor u honor de una dama, era visto como la máxima aspiración de la vida de un enamorado. Aquí podemos abrir paréntesis y ver una nueva forma de ver la muerte en la literatura, la contraposición entre el Eros y el Thanatos, fuente de inspiración para la poesía, sobre todo, pero no olvidemos de nuevo a Shakespeare y su Romeo y Julieta, donde la muerte se alza victoriosa y logra lo que el amor no pudo en vida, unir a los amantes.

Ilustración: Laura González

 

 

En el Barroco, la muerte simplemente es dejar de sufrir. Y Quevedo uno de los grandes poetas que tiene a la muerte como referencia constante.
En el siglo XVIII la muerte se hace cotidiana, física, y aparece por primera vez un cadáver terrorífico, llega Walpole y la novela Gótica, Mary Shelley crea un personaje a costa de trozos de muertos y el Romanticismo vuelve la mirada sobre la muerte y llena de pasión dramática, de amistad, de liberalización, a veces buscada.

Para los naturalistas es un tema natural, las obras constarán de principio, desarrollo y final en exacto reflejo a la vida que nos observa. Son obras sin aspavientos, sin drama… pero no por ello insensibles. La muerte, cuando aparece, se adopta a la circunstancia relatada, si es un niño, es doloroso, si muere un ser pecador pero arrepentido, es benevolente… Solzhenitsyn describe en una novela el modo en que morían los viejos campesinos rusos, sin fanfarronadas, sin aspavientos y sin presumir de que no iban a morir.

En poesía nos vamos a encontrar enormes ejemplos del temor que la muerte y el amor revuelven en las conciencias de los humanos:
César Vallejo (1892-1938): Defiende el mundo como penitencia donde la muerte se paga en cuotas en cada mal momento que toca experimentar y no hay ni un solo atisbo de salvación.
Tenesse Williams (1811-1983) decía que los funerales son hermosos comparados con las muertes. Son silenciosos, pero las muertes no siempre lo son.
Gabriel García Márquez, nos relata la Crónica de una Muerte Anunciada y en Ojos de Perro Azul, se enfrenta con la presencia inevitable que es la muerte descubriéndola como gemela de nuestra vida cotidiana. Nacemos muriendo y viviendo morimos.
Malraux (1901-1976) en Voces del Silencio, da todo su significado y ramificaciones posibles a la palabra destino para librar al hombre de su fatalidad mortal.

En el Siglo XX con la pérdida de las Colonias y los conflictos bélicos (la I Guerra Mundial, la Guerra Civil Española, la II Guerra Mundial,…), los autores españoles se dolieron de la situación caótica que atravesaba el país y toda Europa, y clamaron desde sus obras: a veces desde la poesía, otras desde la prosa y el teatro. Los miembros de la Generación del 98 lamentaban la falta de recursos y la notoria falta de valores; los jóvenes del 27 sufrieron la Guerra Civil y toda la literatura reflejó estos acontecimientos.

Este es otro tema que está muy relacionado con la muerte, la guerra. España se sesgó en dos bandos cada cual entrando en la Historia de una manera y a clamor de sus actos. Nos encontramos con Cancioneros Resistencia y teatro de urgencia, aunque sobre todo, hubo dolor y horror que encontramos en las páginas tiznadas de la literatura de la postguerra (Literatura Social).
A medida que España abre fronteras y mentes a Europa se dejan atrás como coqueta mujer el bolso, los tonos de angustia y se busca una nueva mirada. Aun así, no podemos decir, ni asegurar que no haya un solo escritor que no se pregunte por la Muerte, relacionándola con el Destino, con el paso de las horas, del tiempo inexorable, con las guerras pasadas y como final lógico de un nacimiento no decidido.

La gran diferencia que podemos encontrar es que en el siglo pasado, los muertos no eran lo más importante, la vida y la muerte gira en torno a quien queda vivo, a las situaciones, contextos y realidades que siguen produciéndose en la vida de los vivos, con descaro, con la poca vergüenza que tiene la vida de seguir avanzando cuando nuestra existencia se paró en el dolor de una desaparición. Y nos ayuda a entender como encajar la muerte de un ser querido, porque queramos o no, seguimos ciegos ante la posibilidad de nuestra propia muerte, no nos interesa saber cómo moriremos, nos interesa mentalizarnos de la muerte de los demás. De aceptarla.

Y por aquí aparece de puntillas y casi sin hacer ruido, aunque su paso es como el de un huracán, Paulho Coelho, con la visión cambiada, poblada de ángeles protectores y libros que hablan de una «vida después de la vida».
Marcuse, en Eros y civilización, dice algo muy cierto: El hombre aprende que en cualquier forma no puede durar, que todo placer es breve, que para todas las cosas finitas la hora de su nacimiento es la hora de su muerte y que no puede ser de otro modo.

Una forma evolucionada de las Danzas de la Muerte, preparadas para unos tiempos en que somos demasiado impresionables por un tema que aunque hablado, teorizado y enseñado continua en lo oculto, en ese doblez de la memoria donde habita el monstruo que vive bajo la cama y nos hace ir dando saltos hasta ella para que no nos aferre el tobillo y nos arrastre a ese mundo de pelusas conocidas… seguro que sonríes recordando y seguro que la sonrisa se te congela cuando caes en tu propia mortalidad.

 

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