Wuxia: violencia sublimada en belleza

3 Escrito por - 5 mayo, 2013 - Cine, num5
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Solo una cultura tan sofisticada y refinada como la china podría aspirar a sublimar la violencia en arte. Cuando el director taiwanés Ang Lee estrenó la popular Tigre y Dragón (Wo hu cang long, 2000), a su vez contribuyó a popularizar (y, hasta cierto punto, también dignificar) un género que hasta ese momento parecía estar restringido a los cinéfilos más frikis y carentes de prejuicios. No todos sabían que el vulgarmente denominado “cine de chinos” posee una rica historia de más de ochenta años, por la cual han pasado autores de la talla de Cheh Chang (1923-2002) o King Hu (1931-1997)… autores que han sido (re)descubiertos y reivindicados posteriormente por buena parte de la crítica a raíz del éxito de la irregular película de Lee.

En otras palabras, el cine asiático de artes marciales no se reduce a una simplista glorificación de la violencia mediante el intercambio de golpes, sino que también posee un elemento claramente estético y cuyas influencias apuntan, además, a la Ópera de Beijing, una de las máximas manifestaciones de la ancestral cultura china. Dichas influencias pueden ya apreciarse, especialmente, en los primeros wuxias, término por el que se conoce a uno de los géneros autóctonos de dicha cultura en sus más variadas formas de expresión, desde la literatura hasta la televisión y, por supuesto, el cine.

Wuxia

 El wuxia pian se caracteriza por historias de lealtad, amistad, patriotismo y traición, ambientadas en algún momento concreto de la historia del pueblo chino, como por ejemplo durante la muy opresora dinastía manchú Qing (1644-1912). Son por tanto el equivalente a las típicas historias de “caballeros andantes” de nuestra tradición cultural, sazonadas en ocasiones con elementos fantásticos rayano en lo mitológico. Pueblan así sus historias gallardos caballeros, diestros en el manejo de la espada, capaces de imposibles maniobras aéreas, y siempre dispuestos a sacrificar sus vidas por la patria.

El grado de estilización y sofisticación estética a la que llegó el wuxia pian como género cinematográfico puede así apreciarse muy especialmente en tres grandes clásicos del maravilloso King Hu: Come Drink with Me (Da zui xia, 1966), Dragon Inn (Long men kezhan, 1967) y, sobre todo, esa inmortal obra maestra del cine asiático conocida en occidente como A Touch of Zen (Xia un, 1971). Todas ellas conforman un tríptico imprescindible a la hora de acercarse al peculiar canon de belleza presente en el cine oriental clásico de artes marciales. Aspectos tan diversos como el vestuario, la escenografía y, por supuesto, las muy operísticas coreografías de lucha, vertebran dicho canon. No son películas que busquen normalmente un exacerbado realismo (algo, por otro lado, imposible teniendo en cuenta su propia idiosincrasia) en su representación de las heroicas gestas de los protagonistas, sacrificando así la verosimilitud para dotar a dichas hazañas de una cualidad cuasi-epopéyica. Y lo consiguen implicando a sus héroes en sofisticadas danzas aéreas de indudable valor estético, plasmando así la belleza a través del movimiento.

A pesar de la rica tradición de cine wuxia en su país de origen, aquí en occidente no llegó a popularizarse a gran escala hasta que Ang Lee estrenó su particular contribución al género, viendo recompensados sus esfuerzos con numerosos galardones, incluyendo cuatro premios BAFTA, cuatro Oscars y dos Globos de Oro. Buena parte del éxito que tuvo la película allende sus fronteras, por supuesto, se debió a sus imaginativas escenas de lucha, coreografiadas por el genial Woo-ping Yuen, el cual ya se había dado a conocer en occidente gracias a su trabajo en la influyente The Matrix (1999). Lo que muchos no sabían es que este maestro había dejado ya una impronta indeleble en la historia del cine de gongfu como uno de sus más grandes e inventivos coreógrafos, siendo muy en parte responsable de haber catapultado a un, por aquel entonces, no muy popular Jackie Chan al estrellato gracias a su labor en clásicos tan memorables como La Serpiente a la Sombra del Águila (Se ying diu sau, 1978) o El Mono Borracho en el Ojo del Tigre (Jui kuen, 1978).

Ang Lee, por cierto, no fue el único director asiático de relevancia en verse seducido por el género wuxia. Seis años antes Kar-Wai Wong había dirigido la célebre Ashes of Time (Dung che sai duk, 1994), la cual sería relanzada en el año 2008 en una nueva edición ligeramente acortada y también restaurada digitalmente. En el 2002, le llegaría el turno al que quizás sea el director chino más importante de las últimas décadas, Yimou Zhang, el cual cambiaría radicalmente de registro con esa espectacular obra maestra titulada Hero (Ying xiong, 2002), muy probablemente el wuxia más apabullantemente bello de la historia del género y también, por qué no, una de las mejores películas jamás rodadas.

 

 

La historia de Hero está ambientada en tiempos de la dinastía Qin (221-206ac), la cual, a pesar de su corta duración, fue especialmente relevante en la historia del país gracias a la labor de su primer emperador, el brillante aunque también implacable Qin Shihuang. Qin acometió la titánica empresa de unificar el país sin importarle los medios, impulsando todo un proceso de simplificación de medidas, pesos e incluso formas de escritura, gracias al cual hoy día toda la nación china dispone de un único sistema de escritura común denominado “Chino Tradicional”. Desgraciadamente esta política de estandarización tuvo también unas consecuencias perniciosas en la cultura y el pensamiento.

Con el objetivo de suprimir cualquier tipo de propaganda subversiva y hostil a su política, el emperador ordenó la ejecución de aquellos que habían mostrado una postura ideológica contraria a la suya, así como también la destrucción de todos aquellos libros que no estuvieran relacionados con la medicina, la agricultura o la adivinación. Toda esta férrea política encontró su refrendación ideológica en los preceptos del Legalismo, una escuela filosófica que se oponía drásticamente al Confucianismo en su concepción utilitarista de la vida y la propia naturaleza humana. Según el Legalismo, dicha naturaleza es esencialmente anárquica y maligna, por lo que se requiere un gobierno firme y estricto regido por la ley y el control antes que por preceptos morales de cualquier otra índole.

 

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La ambivalencia moral que orbita en torno al personaje del emperador Qin le permite al director de Xi’an la posibilidad de hilvanar una fascinante reflexión sobre conceptos tan aparentemente antagónicos como la tiranía y el heroísmo, demostrando hasta qué punto, en ocasiones, resultan convergentes. Y lo hace desde una postura de rechazo a ese pueril maniqueísmo al que las producciones hollywoodienses nos tienen acostumbrados, lo cual, no obstante, no la exime de una cierta propensión al propagandismo político más obtuso. En cualquier caso, Yimou puede darse por satisfecho con los resultados, ya que la película está considerada a día de hoy como uno de los mayores logros cinematográficos del cine asiático de la última década, gracias muy especialmente a la conjunción de cuatro aspectos fundamentales: 1) la espectacular fotografía de Christopher Doyle; 2) la escenografía, de un preciosismo apabullante; 3) la evocadora banda sonora de Tan Dun, en la línea de su trabajo para Tigre y Dragón; 4) y por supuesto las estilizadas coreografías de Tony Ching Siu-Tung, de una belleza tan atemporal como embriagadora.

Todos y cada uno de estos elementos conforman un estético poema visual en donde los personajes se ven impelidos a interaccionar entre sí a través de intrincados y sofisticados ballets dotados de una encomiable plasticidad y un inaudito poderío visual. Su laberíntica armazón narrativa, que nos remite a la propuesta por el mítico Akira Kurosawa en su excepcional Rashômon (1950), está por tanto al servicio de las embelesadoras imágenes conjuradas, agrupadas a su vez en epatantes set-pieces que subsumen la violencia en una exultante oda policromática a la belleza en su acepción más pictórica. Y así, la muerte deviene poesía, como puede apreciarse, por ejemplo, en el magistral duelo entre los personajes interpretados por “Jet” Li y Donnie Yen en la casa de ajedrez, probablemente el momento con mayúsculas de toda película.

 

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En un momento dado del combate ambos contendientes detienen sus armas y con los ojos cerrados prosiguen el duelo en un plano más sutil y mental, anticipando los movimientos del contrario y adaptándose a los ritmos siempre cambiantes de la música hasta su trágico desenlace. Tony Ching Siu-tung consigue suplir las carencias marciales de todos los demás actores gracias a su maestría como coreógrafo, orquestando algunas de las más bellas escenas de lucha de toda su dilatada carrera (la cual incluye clásicos como Xian si jue o el remake Sun lung moon hak chan acometido por Raymond Lee a principios de los noventa), como por ejemplo el muy etéreo duelo de los personajes Sin Nombre (“Jet” Li) y Espada Rota (Tony Leung Chiu Wai) sobre la superficie de un apacible lago, así como también toda aquella secuencia en el interior de la escuela de caligrafía mientras es asediada por el ejército imperial y abatida finalmente bajo una espectacular lluvia de flechas.

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Esta estilizada depuración a la que llegó el género wuxia gracias a la labor de Woo-ping Yuen y Tony Ching Siu-Tung, en connivencia con los directores Ang Lee y Yimou Zhang respectivamente, se dejaría ver igualmente en otras películas posteriores tales como La casa de las dagas voladoras (Shi mian mai fu, 2004), Wu ji (Kaige Chen, 2005) La maldición de la flor dorada (Man cheng jin dai huang jin jia, 2006) o Ye yan (Xiaogang Feng, 2006), en claro contraste con otras películas históricas como Los señores de la guerra (Tau ming chong, 2007) o la magistral Acantilado rojo (Chi bi, 2008) de John Woo, en donde se apostaría por un enfoque más realista y descarnado en su plasmación de las contiendas bélicas mostradas en pantalla. Y es que la belleza, a veces, se encuentra en los lugares más insospechados…

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