Todas las Anas

1 Escrito por - 5 julio, 2013 - Cine, num7
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Quizá el afán por desprenderse de su fantasma infantil, sumada a los tatuajes dibujados por el tiempo y la experiencia, hayan sido los causantes de ese cambio de alma, reflejado ahora en un rostro igual, pero nuevo, distinto.

Ana Torrent ya no es más aquella Ana.  Ahora es otras, tantas como mujeres ha interpretado, al abrigo de la que habita en ella.

Tendemos a adjudicar a las personas la personalidad de los personajes que interpretan. En el caso de cualquier actriz, esta imagen puede cambiar, según el contenido que se desprenda de sus intervenciones (planeadas o espontáneas) en los medios de difusión. De Ana Torrent nos queda, casi exclusivamente, su interpretación. Poco amiga de prodigarse en saraos, las pocas declaraciones públicas suyas que he podido recopilar para documentarme, transmiten el sentir de una niña-chica-mujer sencilla, sin divismos ni ganas de destacar por absurdeces. También tendrá rarezas, como todas.

Ana Torrent es tantas mujeres como ha interpretado, al abrigo de la que habita en ella

En cualquier caso, sus mujeres, las que emergen de la oscuridad literal de sus ojos, son así. Extrañas de puro cotidianas. Extrañas, por lo poco que acostumbra el cine a retratar la naturalidad, y cotidianas, porque en cualquiera de nosotras podría habitar alguno de esos personajes. Somos, quizá, Anas en serie, aunque lo ignoremos el 90% de las veces.

Esas mujeres que la ocupan por un tiempo cinematográfico, resultan interesantes, más que nada por lo mucho que muestran, sin necesidad de demostrar.

Son el tipo de mujeres que tienen cabida en los universos de Erice, Saura, Médem, Amenábar… Magnéticas, aún sin proponérselo.

En el caso de Ana Torrent, en esta semblanza imaginada, ella engancha por lo que no es misterio, por lo que nos enseña, por la claridad de su mirada oscura.

collageanatorrent
Plano detalle

Ana Torrent hizo su primera incursión cinematográfica, siendo un bebé (a finales de los 60), en la película Un día después de agosto, de Germán Llorente. Lo que vino después, es un collage de interpretaciones, personajes y contextos muy distintos entre sí, que confeccionan a la Ana actriz desde su niñez hasta ahora.

Es imposible no hacer referencia a aquellos papeles en los que conservó su nombre: Ana en El espíritu de la colmena y Ana, en Cría cuervos. Ambas películas supusieron una ruptura, un antes y un después en el cine español, y el papel de Torrent, contenido en la sabiduría que esconden los ojos de una niña, tuvo mucho que ver en el poso que dejaron en los espectadores.

Con el tiempo, Ana vivió su propio proceso de transición, un periodo de dudas, en el que ni siquiera tenía muy claro si lo suyo era realmente la interpretación. Y, tras títulos como Elisa, vida mía, Sangre y arena o Vacas, llegó el papel que la volvería a colocar en el marco de un nuevo cambio en el universo cinematográfico. En Tesis, Ana ya no era Ana. Con Ángela conservó las dos primeras letras de su propio nombre, pero su mirada contaba otras cosas. Paradójicamente, la escena insignia del film amenabariano, fue aquella en la que una mujer inquieta y valiente, lloraba ante la cámara de un psicópata, como una niña asustada ante el peor de los fantasmas: el miedo a la muerte.

Los años le han asignado otros roles, como el de la maternidad, retratada en el papel de una exmiembro de ETA que quiere otro legado para su hija, en la película Yoyes. También fue la madre, esta vez abnegada y beata, de Escrivá de Balaguer, en Encontrarás dragones.

Regresó al pasado, como Catalina de Aragón en Las hermanas Bolena, donde compartió cartel con Scarlett Johanson y Natalie Portman, dando vida a una mujer herida y celosa que intenta conservar a toda costa su dignidad; un retrato muy alejado de la que conocimos en los libros de Historia.

Pero, si hay un personaje femenino por excelencia, en el que tiene cabida infinitas mujeres, es el de ‘Madame Bovary’. Ana Torrent, bajo la batuta de Magüi Mira, se sale del cine para llenar el teatro de esa insatisfacción permanente que invita a la huida (adopte esta la forma que sea), sin autocompasión, con amor propio. Un personaje lleno de matices atemporales, capaz de sobrevivir a cualquier época. En definitiva, una mujer. 

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