EL SEXO EN LA GRAN GUERRA

0 Escrito por - 5 noviembre, 2013 - Literatura, num9
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He leído recientemente una exquisita novela de la editorial Errata Naturae, cuyo catálogo puedo asegurar no deja indiferente a nadie, desde filosofía, periodismo a novelas de los años 20, 30 o 40, todos los lectores encontrarán su estilo. En este caso tuve la oportunidad de leer Karl y Anna, una novela publicada en 1927 y escrita por Leonhard Frank (Würzburg, 1882-Múnich, 1961), y que podría ser una lección de moralidad, o al menos hacernos replantearnos ciertos aspectos del ser humano en momentos muy determinantes de nuestra vida.

Así es como se nos presenta la obra: En plena Primera Guerra Mundial, Richard, el marido de Anna, sobrevive y trabaja con Karl durante meses en un campo de prisioneros siberiano. Día tras día, para hacer más llevadera su situación, le narra a su inseparable compañero cada detalle, esencial o sin importancia, de su pasada vida con Anna, a la que añora continuamente. La situación de desamparo, las vívidas evocaciones de Richard, la nostalgia de un amor verdadero lograrán al fin que Kart se enamore de esa imagen femenina que con el tiempo ha adquirido para él rasgos cada vez más reales, con sus texturas y olores, con sus deseos y anhelos; una imagen que lo impulsa también, al fin, a vivir y renacer tras el desastre.

El azar separará a ambos amigos, y Karl huirá hacia Alemania para conocer al fin a Anna y hacerse pasar por su marido, sirviéndose de su parecido físico con Richard y de las terribles inseguridades provocadas por la guerra.

¿Engaño o verdad más alta que la verdad? Es ésta una narración que huye de términos como verosimilitud y mentira y consigue que una historia de amor sea también una novela filosófica; una novela que se sirve de muchos de los recursos del teatro barroco para tejer no una historia de confusiones y apariencias sino una profunda reflexión, emocionante por momentos, sobre el poder consolador y renovador del amor y el poder incontestable de las palabras.

Tras esta presentación creo que ya todos tienen ganas de leerla, ¿verdad?, ya no solo por el hecho de cómo puede llegar alguien a hacerse pasar por otro ante la mujer de cuyo amado se está suplantando la identidad, sino por qué además estamos hablando de una novela publicada a finales de los años 20 y contextualizada durante la Gran Guerra, años en que la moralidad, el qué dirán y el papel especialmente de la mujer estaba muy limitado. Pero Leonhard Frank, quien creía ciegamente en el poder transformador de la sociedad a través de la literatura, consiguió dar y darnos todavía hoy, una lección sobre las debilidades inevitables del ser humano.

El argumento principal de la obra es cómo Karl consigue hacerle creer a Anna que él es su esposo, y cómo ella pese a saber que no es él (le habían comunicado que su marido había caído muerte en septiembre de 1914), consigue auto-convencerse para recuperar aparentemente la normalidad de su vida, para sentirse querida, y por qué no, para cubrir unas necesidades que todas las sociedades parecen querernos hacer creer innecesarias (valga la redundancia) y que le hacían falta para sobrellevar el día a día de unos años marcados por el horror y el sufrimiento.

Tras permitir a Karl ser parte de su vida, Anna vuelve a sentirse deseada, revive de nuevo el placer que apenas pudo disfrutar con Richard, su verdadero marido, y experimenta sensaciones que antes no había tenido. Richard le comentaría a Karl que Anna era una mujer tímida ante el sexo, pero éste por suerte, conoce a una nueva Anna. En la novela no hay descripciones de cómo es el sexo, sino solo la posición y los pensamientos de los personajes ante el acto, lo cual nos permite hacernos una idea de lo que sentían y lo que querían el uno del otro.

Quién sabe si por tratarse de un desconocido que pese a todo conocía sus más íntimos secretos o por qué Karl había despertado nuevos sentimientos en Anna, pero ésta se descubre a sí misma como otra mujer ante el sexo. En ella comienzan a convivir entonces dos sentimientos, por un lado, el asombro de descubrir una nueva faceta sexual que la agrada, y por otro, la culpabilidad de haber sido infiel a su verdadero marido, lo cual le causa rechazo hacia sí misma por estar actuando en contra de sus principios. Sin embargo, en este último aspecto, Anna pasó de la pura necesidad física al amor, si algo en ella había cambiado, era por qué esta nueva persona le hacía sentir más viva. Surge ahora el debate sobre si debe actuar en función de sus deseos o de lo que cree qué es lo adecuado. Quién sabe si Richard estaba o no muerto en la guerra y si algún día volvería, ella quería ser feliz.

Otro dilema que podría surgir es cómo mostrarse ante la sociedad con otro hombre que no se correspondía con su marido. En este aspecto Anna lo tenía fácil, ella y Richard solo habían convivido juntos unos pocos días antes de que él fuese llamado a filas. No obstante, este teme se ve reflejado en el resto de mujeres que aparecen en la novela y cuyos maridos estaba en el frente. Estas relaciones era vistas con “buenos ojos” por todos los vecinos. En la obra se nos habla de numerosas mujeres que conviven con su amante mientras su marido está en la guerra, y todos coinciden en qué tanto las mujeres como los hombres tienen unas necesidades que cubrir, y que mientras el marido no lo sepa, no se está haciendo daño. Se entiende que la mujer necesita un hombre para el orden de una casa y que muchos de estos hombres necesitan un hogar hasta recuperar su vida tras el paso por la guerra, con lo cual, el adulterio llevado al máximo extremo, es aceptado por la sociedad, inclusive en el caso de aquellos que llegan a tener hijos juntos.

Esta aceptación solo será rechazada en el momento en el que el marido regresa a casa y se encuentra al amante viviendo en su casa, muchos lo aceptan durante un tiempo, mientras que otros repudian a la mujer quien en la mayoría de los casos abandona su hogar con un hijo nacido del adulterio. Cuando la situación deja de parecer normal, es cuando las necesidades aceptadas antes por todos se convierten en pecados. Este no fue exactamente el caso de Anna cuando descubrió que Richard había regresado y fue rechazado por la mujer que tanto amaba. Claro que los vecinos la insultaron y la miraron con desdén. Pero Anna no fue expulsada de su casa, decidió irse ella misma, por qué desde el principio supo que volviese o no su marido, ella estaba enamorada ya de otro hombre.

En el amor como en la guerra, ¿todo vale? Puede que debiéramos dejar de trazar caminos iguales para todos y permitir que cada uno sienta y viva como considere que debe y puede hacerlo.

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