Literatura infantil y juvenil: El tabú de la sexualidad

0 Escrito por - 5 noviembre, 2013 - Literatura, num9
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En 2011, la escritora catalana Maite Carranza recibe el Premio Nacional de Literatura infantil y juvenil por su novela Paraules emmetizades / Palabras envenenadas. Se rompe así con el tabú social y literario de los abusos a menores. “Fue una apuesta consciente el dirigirla al lector joven. Quería que a través del libro se hablara de los abusos en las escuelas para ayudar a posibles víctimas”.

La novela, cual artista en gira, recorre centenares de centros educativos. Permite a las y los profesores tratar con el alumnado temas tan fundamentales como las relaciones posesivas, el maltrato psicológico o la culpa que los abusadores consiguen inculcar a sus víctimas. El muro cae, y en su lugar, la mirada adolescente comienza a reconocer una realidad que muchas veces le es negada u ocultada. Donde antes había yeso, hoy se abre una ventana, y es posible reconocer actos, palabras y cuerpos.

Las y los jóvenes reciben a través de la televisión o internet, imágenes tan desoladoras como el rostro ensangrentado de una anciana tras un atentado, flores en recuerdo de una masacre en la puerta de una escuela, o familias que son desalojadas violentamente de sus casas sin tener a dónde ir. Sin embargo, la moral, el Pepito Grillo que suele gastar sotana, turbante o traje de corte italiano, pone el grito en el cielo cuando una escena de sexo aparece en un programa para adolescentes o una novela. Niega que los y las adolescentes son individuos sexuales, ignorando las consecuencias que esto puede estar provocando en su crecimiento y madurez.

 ¿Cómo van a comprender los jóvenes la sexualidad si en lugar de hablarles abiertamente de ella se hace desde metáforas extremadamente complejas?

A pesar de que se preconiza a diestro y siniestro –para mal y para bien- que vivimos tiempos en que la libertad sexual reconocida a todas y todos nos otorga el derecho a disfrutar plenamente de nuestros cuerpos, el acontecer diario y como no, los pliegos de mi librería favorita, me susurran más bien lo contrario.

He abierto alguno de esos tomos, novelas donde la amistad, el amor y la aventura, dan color a un mundo extraordinario o caótico. Intrigas, traiciones y mucho chisme, pero ni rastro de la sexualidad. ¿Cómo van a comprender los más jóvenes un mundo que se les aparece repentino y fascinante, si en lugar de hablarles abiertamente de ella, se hace desde metáforas extremadamente complejas? Es como la pescadilla que se muerde la cola, es alimentar aún más la brújula desimantada en la que ya por naturaleza se encuentran.

Y la literatura es también responsable de ello, porque siempre lo deja para el final, lo apila bajo un montón de argumentos y personajes. La sexualidad de las y los niños y adolescentes es siempre un tema pendiente.

Más que representar patrones y conductas de la realidad, la literatura infantil y juvenil contemporánea refuerza los valores más retrógrados de la sociedad.

La mayoría de los títulos con atractivas portadas que pretenden atraer a jóvenes lectores, ofrecen un imaginario que no es real, un mundo aséptico y asexuado que no coincide con lo que ellos y ellas pueden estar experimentando. Más que representar patrones y conductas de la realidad -siempre que no hablemos de la literatura de Ciencia Ficción, aunque incluso ésta puede ser analizada en este sentido- la literatura infantil y juvenil contemporánea refuerza los valores más retrógrados de la sociedad, especialmente en aquello que tiene que ver con las relaciones prematrimoniales, la masturbación, la homosexualidad o los roles sexuales.

Siguiendo la creencia universal de que los y las jóvenes son individuos físicamente maduros pero intelectual y emocionalmente ignorantes, la literatura reproduce el ansia de la moral religiosa por protegerlos de la toma de decisión con respecto al sexo. Tratan de resguardar una inocencia inmaculada, casi sagrada e irreal, que no se pasea ni ha sido vista, en el escenario real dónde los adolescentes interactúan.

Sin embargo, la sexualidad -que no es sólo sexo- exige, además de educación sexual en la familia o las escuelas, un tratamiento integral que permita a la persona desarrollarse de manera equilibrada y relacionarse de manera sana con sus compañeros o compañeras. Así, cuando es bien entendida, respetada, y ocupa su lugar esencial dentro del crecimiento del individuo, repercute en el autoestima, el bienestar emocional y físico, previniendo abusos sexuales, trastornos alimenticios o embarazos no deseados, entre otros. 

Los adultos deben asumir que los, niños, niñas y adolescentes no son de su propiedad, sino seres sexuados, y muchas veces sexualmente activos.

Desgraciadamente, y a pesar de que su desmitificación como pecado se ha dado en gran medida desde la década de los sesenta, la sexualidad continua siendo “genitalizada”, obviando así su importancia dentro del campo de las afectividades e impidiendo que el tupido velo de la “suciedad” en que la encierra la moral religiosa acabe de retirarse.

Titulares tan alarmantes como Víctimas del machismo a los 15 o “Detenido un joven por sexting”, nos hablan de una población que vaga por un laberinto sin puertas, que no sabe si  hace mal o hace bien, porque nadie le ayudó a encontrar sus respuestas, y que de esta manera se encuentra cada vez más indefensa ante posibles abusos.

Una se pregunta entonces, por qué no encontramos de manera generalizada en la literatura infantil y juvenil, autores y autoras comprometidas con la sexualidad como esa parte afectiva capaz de ayudar a los y las adolescentes en su bienestar personal. Por qué existe el miedo a visibilizar una realidad que es tan palpable como el hecho de que la juventud de hoy jamás serán como los de antes. 

Mientras las personas adultas no asumamos que los y las niñas y adolescentes no son de nuestra propiedad, sino seres sexuados, y muchas veces sexualmente activos, continuaremos creando historias de aventuras o de amor que sí, puede que como ficción les interesen, pero que jamás lograrán representarles.

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