Sexo sin cine

1 Escrito por - 5 Noviembre, 2013 - Cine, num9
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Decía Woody Allen hacia el final de su película “El Dormilón” que solo creía en dos cosas, “el sexo y la muerte”, dos cosas que el personaje de Miles había experimentado en vida. Queda claro en esta verdad casi universal, que el sexo es una experiencia humana, tabú, equiparable a la muerte, o a la experiencia de los sagrado. Tan fundamental y tan compleja.

Una vez dicho esto, partamos de otra verdad universal y tecnológica: el cine como lenguaje tiene limitaciones. Existen ciertos temas o experiencias humanas que por su densidad y complejidad no pueden ser tratado con el lenguaje simplificador, extrovertido y público que caracteriza al cine. Estas experiencias humanas como son lo sagrado y el sexo, raramente han sido mostradas con realismo y verdad en toda su complejidad y densidad en el cine. Raras excepciones (casi todas ellas europeas) que han trascendido a la escena pornográfica y la estampita religiosa (puestas estas dos como ejemplos de simplificación máxima) desgraciadamente muy común en el cine, y que hay que se debería evitar a toda costa.

No, el sexo y el cine no se terminan de llevar bien. El sexo requiere intimismo, frente a lo extrovertido del cine. El sexo requiere complicidad, frente a la universalidad del cine, dirigido a un público extremadamente heterogéneo. El sexo, por más (o menos) que nos valga a algunos, sigue siendo principalmente cosa de dos, y no de un público amplio como es el cine. Todas estas mismas cuestiones pueden ser declaradas para la experiencia de lo sagrado en el cine, con similar resultado.

Si en la experiencia de lo sagrado tenemos, como decíamos, la terrible contaminación de la “estampita religiosa” (entiéndase las versiones cinematográficas convencionales de la vida de Jesucristo), en el sexo, tenemos la contaminación constante de la pornografía. A tal punto ha llegado, que a día de hoy es prácticamente imposible filmar una escena de sexo explícito sin recaer en la pornografía, en el sexo gratuito carente de sentido narrativo.

El sexo, ligado a la cultura de masas, encontró en el cine un filón especialmente a partir de los años 60-70 tras la revolución sexual que intentó normalizar – sin mucho éxito, todo sea dicho – el tabú del sexo. En estos años, la pornografía se pasaba del cine marginal al cine convencional de manera constante, trazando líneas divisorias muy poco claras. Fue esta época el boom de la pornografía, producido gracias a los nuevos aparatos de captación de imágenes más baratos y ligeros. Con anterioridad, el género pornográfico, aunque existente, había quedado relegado a pequeñas producciones puntuales realizadas por encargo para satisfacer los deseos sexuales de personalidades de cierto renombre. Véanse por ejemplo, las discretísimas producciones catalanas para el monarca Alfonso XII. Fueron los setenta la década en la que proliferaron cines porno en las grandes ciudades (en España como es obvio, se tuvo que esperar a principios de los 80, por lo del gallego bajito que gobernaba por aquel entonces), lugar de sexo esporádico en el que personas solitarias daban riendas sueltas a sus pasiones, y que se convirtieron en fuentes de transmisión del SIDA. Con la explosión del video y los videoclubs, los cines porno fueron perdiendo público. Era lógico, es más cómodo para una persona alquilar un vídeo y verlo en su casa que salir a la calle y exponerse al “peligro” de visitar una sala X a la que la gente podría verle entrar. Pero también los videoclubs fueron sustituidos a finales de los 90 por el gran invento que reveló un nuevo modelo de privacidad: internet. Ya no hacía falta exponerse a la opinión pública para acceder a contenidos pornográficos, bastaba con hacer click desde casa y acceder a un universo casi infinito en el que encontrar imágenes correspondiente a todos los gustos, parafilias incluidas, algunas tan terribles como la pornografía infantil.

¿Por qué de este breve pero intenso recorrido por la industria de la pornografía en los medios audiovisuales? Para demostrar que, revoluciones sexuales e intentos de normalización a parte, el sexo sigue siendo algo que atañe a la intimidad de las personas, y que a pesar de la la cultura contemporánea se encuentre contaminada por el sexo en todas sus vertientes, seguimos prefiriendo dar rienda suelta a nuestras pasiones alejados de los ojos de los extraños, en lugares donde nos sintamos seguros, donde nuestro interior y vulnerabilidad personal pueda quedar expuesto al exterior sin miedo a ser dañados. Y eso en el cine… es realmente difícil de mostrar.

Pero aquí estamos para hablar de cine, que como decía la canción de Aute, “todo en la vida es cine y los sueños, cine son”. ¿Qué pensarían si les dijera que la mejor escena de sexo de la historia del cine se encuentra de forma implícita en “Lo que el viento se llevó”, una película de 1939? Sorprende, ¿verdad? Y sin embargo, probablemente sea cierto. El código de moralidad evitaba que cierto tipo de conductas aparecieran en las pantallas de cine. Violencia, sexualidad, y otro tipo de vicios. En general todo lo que caracterizaba a la sociedad de los años 20 y que ciertas comunidades de ciudadanos moralistas veían con miedo cómo ese tipo de conductas se extendía gracias a la imagen proyectada por el Hollywood clásico, desde California a todo el mundo. El código de moralidad “Hays”, impulsado por los propios productores cinematográficos como forma de lavar la imagen de Hollywood fue la respuesta a esta preocupación. Este código, censuró películas, pero también, como toda censura, agudizó el ingenio de los artistas que deseaban mostrar todo lo que querían en la pantalla. Entonces, bajo estas premisas, ¿cómo mostrar el sexo en una película de corte familiar, tan mainstreet, de tan gran presupuesto, y que representaba la grandeza de un Hollywood tan noble como clásico? Pues lo dicho, tirando de metáforas, de imágenes sugerentes, de mostrar lo explícito mediante lo implícito.

Si el director hubiera sido español, probablemente, en un alarde de poca clase y poco conocimiento del lenguaje audiovisual – maquillado todo eso sí, bajo la pretensión de uso de la libertad de expresión – hubiera optado, en primer lugar por hacerlo lo más explícito posible, ruido de muelles de cama incluidos. El mal gusto nunca significó libertad de expresión (entérense, señores Vicente Aranda y Bigas Luna).

Víctor Flemming no era español, y en una demostración magistral, nos enseña a través del rostro de sufridor de Scarlett O’Hara, cómo la joven pareja formada por Ashley y Melanie se dedican a las actividades nocturnas propias del matrimonio. Scarlett mira hacia la habitación de Melanie ubicada en el piso de arriba. Sobre su rostro se refleja la luz de la habitación que sale de ella gracias a que la puerta aún está abierta. Vemos a la pareja entrar despacio en la habitación. Volvemos al rostro de Scarlett, la puerta se cierra, y nosotros lo sabemos por que la luz de la cara de Scarlett se borra. Y fundido a negro. Fuera de campo sí, pero elegante. Todos saben lo que ha pasado, aunque nadie lo haya visto. No nos hace falta verlo y sentirnos violentos al convertirnos en “voyeurs” del sexo en plena guerra civil americana. La película termina de desarrollarse en la cabeza de cada uno, el grado máximo de intimidad. Por eso, es la mejor escena de sexo de la historia del cine.

La falsa idea de libertad de expresión de la que hablábamos hizo que los pseudointelectuales de los años de la revolución sexual encumbraran al olimpo cinematográfico obras tan mediocres como “El último tango en París”, “Portero de noche”, o la primera filmografía de Paul Verhoeven. El falso realismo, entendido como mostrar en cine la realidad tal cual, hizo que proliferaran películas en las que el sexo explícito era el principal aliciente para ir a ver la película. Pero estas películas de culto, no han conseguido superar la barrera del tiempo, y una vez caída la venda de los ojos, la historia del cine es consciente de que fue engañada.

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“El último tango…”, adalid de la modernidad más vieja, renovación de la mal entendida libertad de expresión – confundida con el mal gusto -, es el máximo ejemplo. Elevada a los altares única y exclusivamente por que satisfacía a las masas ávidas de escenas de sexo qualité, sexo de alta cultura, sexo que a diferencia de las películas X, podía mirarse sin miedo a ser señalado. “¡Señora, yo no veo la película por las escenas de sexo! ¡Por Dios, yo soy un intelectual! ¡Estoy por encima del sexo! ¡Faltaría! ¡Yo he venido a ver la película por su argumento!”. El problema es que la película carecía de argumento y de todo detalle artístico.

Y todos alabaron la actuación de Brando y la Schneider para redondear una faena inexistente. Y si a alguien le quedaba alguna duda sobre si de verdad es o no una buena película, puede acabar por convencerse sabiendo que Pauline Keal – azote de grandes directores como David Lean – la alabó y escribió una crítica favorable de seis mil palabras – previo pago de la productora por supuesto – para la revista Newyorker. Si a Pauline Keal le gusta una película, no puede ser buena. Y viceversa.

Antes de pasar a la última parte de este artículo, déjenme que introduzca la anécdota cinematográfica del mes. Si en mi anterior artículo hablaba de la intromisión de los superhéroes en los diálogos tarantinianos de “Kill Bill Vol.II”, aquí hablaré de la intromisión del sexo en “Casablanca”, también por sus diálogos. Y si piensan que no hay intromisión de lo sexual en sus diálogos, revisen de nuevo la película, y comprueben de qué forma sutil, se deja entrever lo que se pide a cambio de un pasaporte en la ciudad de Casablanca. Se habla implícitamente de prostitución. Y si no me creen, vuelvan a verla y compruébenlo, siempre es un placer revisitar las aventuras de Rick, Ilsa y Sam.

Hasta ahora, hemos podido sacar dos conclusiones claras, siendo una, consecuencia de la otra: La primera es que la experiencia de lo íntimo – llámese sexo o sagrado – es realmente difícil de expresar en cine, debido a sus limitaciones técnicas. La segunda, que para poder mostrar en pantalla esa intimidad, nada mejor como el lenguaje sugerente, ambiguo, simbólico o insinuante.

Pero recurrir a lo implícito en vez de a lo explícito, no es algo al alcance de todos. A veces por falta de talento, a veces por falta de ganas, a veces por que se utiliza como puro reclamo publicitario, o simplemente por que no se tiene consciencia de las limitaciones del medio.

Quisieron ver, por un lado las mentes calenturientas de la pobre España franquista, y por otro lado las (in)santas miradas de los órganos eclesiásticos, la escena más perversa de la historia del cine, por erótica y pornográfica, en la película “Gilda”, en la que Rita Hayworth se “desnudaba” quitándose un guante. ¡Un guante! ¡Pero qué manera de quitarse el guante! Condena en el fuego eterno para aquel que la viera. Media España, el que les escribe incluido, condenada.

Pero no todo el monte es orégano, como suele decirse, y no todos las películas que en los 60 y 70 tenían una temática sexual pueden ser condenadas por malas. Hay buenos ejemplos de una utilización del sexo de manera narrativa, no como mero reclamo publicitario. Fellini explotó lo sexual en el medio cinematográfico como pocos. El lívido masculino sigue aumentando cada vez que se recuerda a Anita Eckberg bañándose en la Fontana Di Trevi en “La Dolce Vita”. Y qué decir de su obra “Il Cassanova”. Fellini convierte a Donald Sutherland en una máscara vacía, un Cassanova sin alma, que practica sexo de una manera casi automática, como si de un robot se tratara – y que el inteligentísimo Nino Rotta retrató con una partitura que imitaba los ruidos de la mecánica de un reloj de cuco de ruedas dentadas -, deshumanizado y sin sentido. ¿Buscaba Fellini la provocación? Sí, pero no de la misma manera que los “autores” del boom sexual. Fellini no buscaba provocar de forma gratuita. Lo que provocaba Fellini iba más allá, y apuntaba directamente a la sociedad, denunciaba la mecanización del sexo, como algo automático que había perdido sentido para nuestra cultura occidental en el momento en el que había perdido el carácter íntimo del que el cine y el lenguaje audiovisual no podían dotarlo. Así que Fellini nos habla de sexo, criticando esas películas de culto sobre sexo. Maestro.

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¿Y en el cine actual? Hay algunos buenos ejemplos.

El carácter de lo íntimo se intenta reflejar en la película “Pactar con el Diablo”, en la escena en la que Keanu Reeves hace el amor de una forma violenta con su mujer. Podemos ver durante unos planos qué ocurre en la cabeza de él, y cómo imagina que se está acostando con la mujer pelirroja de su oficina que tanto le trastorna (y que resulta ser su hermanastra diabólica). El director consigue meternos, aunque sea levemente, en la cabeza de la persona que está realizando el acto sexual. Un intento tímido pero interesante de mostrar el sexo en todas sus vertientes.

Y en una última hornada de cine, la película “Shame” de Steve McQuen, alabada por público y crítica y que merece una mención especial en este artículo. Tenemos por un lado ejemplos de lo que hemos comentado a lo largo de este artículo: la muestra del sexo de manera implícita. El jefe del protagonista se acuesta con la hermana de este en su propia casa. Él escucha el inicio del acto sexual y decide marcharse a correr mientras suena de fondo un aria de las “Goldberg Variations” interpretada maravillosamente por Glend Gould – aquí hay que aplaudir el magistral uso de la música -. De esta forma se enmascara la escena de sexo, se huye de la habitación y es que no hace falta que el director nos muestre lo que pasa, ¿a caso no lo sabemos y no podemos imaginarlo? ¿Para qué mostrarnos el bochornoso espectáculo de ver a una pareja practicando el sexo ante nuestros ojos intentándolo hacer pasar por algo serio y real? Extraordinaria escena que ilustra todo lo dicho en este artículo.
Pero por otro lado, la película comete varios errores. Uno de ellos es obviamente las escenas de sexo explícito – aunque pocas – que sí muestra en la pantalla. ¡Mec! Error. La otra es la frialdad con la que muestra ciertas escenas, como si quisiera mantenerse objetivo ante la situación. Aleja la mirada de la cámara (y por ende al espectador) de los personajes, intentando no juzgar sus acciones. ¡Mec! Error. Fallo intentar mostrar algo tan íntimo como el sexo y pretender darle un carácter aséptico y lejano. Aún así, resulta una película cuanto menos interesante en sus planteamientos. ¡Y qué actuaciones!

Empezamos este artículo hablando de Woody Allen y como no podía ser de otro modo terminaremos este artículo hablando de él. El espíritu de su película “Todo lo que siempre quiso saber sobre sexo…” no deja de ser ese espíritu inquieto ávido de eliminar y superar tabúes y conquistar para la sociedad, una libertad sexual inexistente. Libertad sexual frenada en los 80 y los 90 con la llegada de terribles enfermedades de transmisión sexual como el SIDA. Allen nos habla en su película de una forma abierta de perversiones y situaciones de índole sexual incomodas, que vistas a los ojos de hoy en día no suponen ningún problema, pero que en su día supusieron para el gran público un acontecimiento de lo más revolucionario. En casi todas sus películas, Allen trata el tema de la sexualidad en sus diálogos. Habla abiertamente del sexo como ningún otro autor lo ha hecho jamás. Bordeando la ironía, sin caer en la pedantería, sin ser mojigato pero sin caer en el mal gusto. Maestro también.

Valgan los ejemplos expuestos aquí como caminos a seguir y caminos a evitar. Y saquemos la siguiente conclusión: seamos conscientes de las limitaciones del cine, y nunca caigamos en el morbo gratuito. Si lo hacemos, es posible que nuestra obra goce de éxito durante un tiempo – aunque hoy en día es más difícil engañar al público en este aspecto – pero la historia del cine acabará colocando a cada uno en su sitio.

Y concluyamos pues, parafraseando a Woody Allen: “El sexo en el cine es una experiencia vacía. Pero como experiencia vacía, es una de las más rentables”

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